En el antiguo Egipto, los faraones castigaban a todos los que herían a las lombrices que producían humus.
Aristóteles describía las lombrices como los “intestinos” de la tierra. No existirían alimentos agrícolas ni agricultura sostenible si las lombrices no hubieran removido el suelo miles de años antes de que se inventara el arado.
Charles Darwin escribió su último libro La formación de la tierra vegetal por la acción de las lombrices en 1881. Calculó que 7 toneladas de tierra seca por hectárea pasan cada año por los intestinos de las lombrices, que aportan potasio a la superficie, fosfato al subsuelo y añaden a la tierra productos nitrogenados de su metabolismo.
En los años 80 se empezó a comercializar en España humus mezclado con heces deshidratadas. Esta forma fraudulenta de humus quemava las plantas, y en consecuencia frenó su uso.
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